Carolina Meneses Columbié

SOLSTICIO

Antes de levantarse de la cama Tomás observa el cielo encapotado a través del ventanal de la habitación. Hace un momento lo despertó la voz profunda y grave del locutor de la radio reloj. El día más corto y la noche más larga, dijo varias veces. ¿Será por la voz del locutor que la frase lo impresionó tanto? El solsticio de invierno le parece ahora tan misterioso que se pregunta si este día no será algo más que el inicio de la estación que odia: interminable, oscura, lluviosa, la que obliga a vestir ropas que pesan.
Cuando sale a la calle saca del bolsillo del abrigo las llaves del automóvil, las coloca sobre la palma de la mano y las vuelve a guardar en el bolsillo, hoy caminará hasta la oficina. A paso rápido no tardará más de cuarenta minutos. El tejido que hacen las ramas desnudas de los árboles, que siempre encontró tan feas en esta época, más que desagradarle lo sobrecoge.
Los goterones comienzan a caer cuando está a pocos metros de la puerta del edificio donde trabaja. Levanta la cabeza y los recibe en plena cara, el agua está helada.
Durante el almuerzo le dice a los colegas con los que siempre comparte la mesa que hoy será el día más corto y la noche más larga del año.
—¿Y? —pregunta uno.
—La llegada del solsticio de invierno.
—Ah —dice otro, sin entusiasmo.
La lluvia golpea con fuerza los cristales del comedor.
A las tres en punto el empleado del aseo, don Augusto, enciende las luces de la oficina. No para de llover.
—Ahí tienes tu día más corto y tu noche más larga, qué mierda —le dice a Tomás uno de los colegas del almuerzo.
El empleado del aseo le dirige una mirada hosca que el colega intercepta.
—¿Algún problema, don Augusto? ¿A usted también le emociona el solsticio de invierno? —y con un gesto de cabeza señala burlón hacia el escritorio de Tomás.
Don Augusto le da la espalda y sale de la oficina. El colega se ríe por lo bajo.
Tomás se ha quedado mirando la puerta de salida, ¿desde cuándo el empleado del aseo trabaja aquí?, ¿un año tal vez? Está seguro de que cuando él llegó don Augusto ya estaba. Hasta hoy Tomás no se había fijado tanto en él, ¿será porque don Augusto sólo habla para responder?
Casi una hora más tarde don Augusto vuelve con un balón de gas para la estufa.
—¿Quién pidió el balón? —le pregunta alguien—, todavía tenemos gas.
—¿No ve que la llama está amarilla? —responde don Augusto y señala con el índice el panel de la estufa.
—Qué eficiente está hoy usted, debe de ser por el solsticio de Tomás.
Don Augusto, que carga el balón con la mano derecha, camina hacia la esquina más próxima al escritorio de Tomás. Se inclina para acomodarlo en el piso y cuando se incorpora lo mira de reojo. Tomás se siente pillado pues lo ha estado observando desde que éste entró con el balón, así que toma el lápiz y escribe en la hoja de papel lo primero que le viene a la cabeza: “La hoguera no debe de estar tan lejos si el reflejo amarillo de las llamas alcanza a iluminar los árboles más próximos a ellos. Sombras de siluetas ajenas se dibujan en los árboles: el hombre y el niño han sido descubiertos. El hombre se larga a correr.” Deja el lápiz y hace como que lee lo que acaba de escribir mientras con el rabillo del ojo sigue los movimientos pausados de don Augusto que está colocando en la estufa el nuevo balón de gas.
Al salir, don Augusto se detiene un momento en la puerta, gira sobre sí mismo y enfrenta a Tomás, que esta vez no disimula. El enorme reloj digital de pared, capricho del gerente de la empresa, con un pitido agudo anuncia que ya son las cuatro, don Augusto tiene que ir por el café. Tomás lee lo que escribió en la hoja, seguro que vio la escena en alguna de las películas con las que se queda dormido. Hace una pelota con el papel, lo lanza al basurero y lo emboca.
Por la noche Tomás escucha desde la cama el repique de la lluvia sobre el techo. El ventanal empañado agranda y deforma la luz del farol de la calle que parece moverse como una gran hoguera cuando las gotas de agua se deslizan por el cristal. Tomás prende el televisor. Repiten tantas veces las mismas películas que tal vez se tope con la de la escena que describió en la hoja. Recorre en orden ascendente los canales que tiene programados en el control del televisor y una vez que llega al final de la numeración aprieta la tecla de retroceso. No encuentra la película. Apaga el televisor y trata de dormir.

—Mamá dijo que tuviéramos cuidado.
—No es una hoguera tan grande, Tomás, además ¿no ves que las llamas están amarillas? Las llamas amarillas no prenden en la ropa. Toma mi mano, no te sueltes y cuando diga “¡ahora!” saltamos.
—Sí, Augusto, pero mamá dijo.
—Tu mamá sabe que estás seguro conmigo, ¿tú crees que si desconfiara te hubiera dejado venir? Míralos, todos saltan y a nadie le pasa nada. Y si con el frío que hace seguimos sin movernos nos enfermaremos.
El niño lo mira curioso, no cree que lo haya oído decir tantas palabras desde que lo conoce, se toman de las manos y esperan el turno para saltar.
Son varios los que formados en pareja se van sumando a la fila. A Tomás le llama la atención que las parejas estén compuestas por un adulto y por un niño, los más viejos parecen octogenarios y entre los más chicos hay uno como de siete.
Un viejo toca el tambor: al quinto golpe saltan un adulto con su niño, y vuelven a la fila a esperar el próximo turno.
—Tomás, ya nos toca, recuerda que al quinto golpe gritaré “ahora”.
Al niño se le acelera la respiración y aguza el oído para escuchar la señal de Augusto que llega amortiguada por el crepitar de las llamas y el sonido de la percusión. Es como si volara a través de las llamas, el calor lo envuelve sin quemarlo, el sonido del tambor se le une a los latidos del corazón y los siente como un gran puño que le golpeara el pecho de adentro hacia afuera.
Quiere repetir y apura a Augusto, al que no ha soltado, hasta la fila, espera el turno y ya no necesita la señal de él para saltar.
Una y otra vez, salto tras salto, hasta que el tambor cambia el ritmo y las parejas se detienen.
—¿No hay más? —pregunta Tomás, agitado y ansioso.
—Sí, hay más, pero no de esto. Ya entramos en calor y es una noche larga, la más larga del año.
El niño abre los ojos todo lo que puede.
—¿La más larga del año?
—Claro, ¿no te diste cuenta de lo corto que fue el día?
—El día más corto y la noche más larga —concluye Tomás sin salir del asombro, y aprieta la mano de Augusto—. Quiero más.
El viejo del tambor lo toca ahora de manera suave. Otro viejo que carga un cofre grande de madera llega y se sienta junto a él. Las parejas rearman la fila frente a los viejos.
Desde su lugar, el último de la fila, Tomás no puede ver qué ocurre adelante, sólo escucha cada tanto el grito y después el lloriquear de un niño distinto al que logra mirar cuando se aleja de la fila, chillando aún, en brazos de su adulto. Al niño que tiene adelante, más grande que él, se le estremece el cuerpo con cada nuevo grito, un poco más allá otro llora en silencio mientras abraza al que parece ser el padre. El niño más pequeño que vio Tomás sale de la fila corriendo y llamando a la madre, el adulto va tras él.
—Tengo miedo —le dice a Augusto—, ¿qué les hacen?
—Los cortan un poco, allí —señala con el mentón hacia la entrepierna de Tomás—, aunque es rápido te dolerá un poquito, pero después serás un hombre como nosotros.
—No me gusta, quiero irme —ruega con la voz quebrada.
—Tú dijiste que querías más.
—Pero no de esto.
—¿Y qué quieres?
El niño que está adelante se tira al piso y se pone a gritar.
Tomás se acerca más a Augusto, que lo abraza y le dice al oído:
—Tomás, escúchame, nos iremos de aquí muy despacito para que no se den cuenta. Volveremos el próximo año, estarás más crecido y no te me asustarás tanto —y a Tomás le parece que Augusto alarga cada palabra de manera que puede sentir en la oreja la humedad pegajosa y tibia de sus labios—. Vamos a entrar al bosque, buscaremos algún lugar tranquilo en el que nadie nos encuentre. Yo no permitiré que otros te toquen.
Y Tomás siente que ahora la humedad tibia de los labios de Augusto se le pegó en el lóbulo y que de allí sigue hasta el cuello donde se detiene y desaparece. Lo que está ocurriendo adelante de la fila le ha dejado de preocupar.
—Vamos, Tomás.
El tejido de las ramas desnudas de los árboles del bosque resalta bajo el cielo iluminado por la luna. No se han alejado tanto si el reflejo de las llamas de la hoguera alcanza a iluminar los árboles más próximos a ellos. —Rápido —pide Augusto con la respiración entrecortada— más rápido. Si alguno de los de la fila descubre que ya no estamos.

El ruido explosivo de un trueno le hace entreabrir los ojos, gira bruscamente sobre sí mismo y trata de volver al sueño, pero le sorprende la misma voz de la radio que ahora anuncia el reporte del tiempo, cielo nublado y chubascos parciales a partir del mediodía, dice, y la voz ya no le parece a Tomás ni tan profunda ni tan grave.
Se tira de la cama y se prepara con rapidez, cuando ya está listo agarra las llaves del auto, le urge llegar a la oficina al menos media hora antes que los demás colegas. Está seguro de que don Augusto lo espera.

 

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CAROLINA MENESES COLUMBIÉ
Bibliotecaria, escritora, mediadora de lectura y narradora oral.

En 2008 publicó su primer libro, Ficciones Irrelevantesactualmente en revisión.
Algunos de sus cuentos aparecen en los libros Mujeres que alzan la vozEscritores – Antología 2006La monstrua: narraciones de lo innombrabley en algunos portales web, como “Letralia. Tierra de Letras”. Desde 2006 coordina un taller literario virtual. También hace correcciones de estilo.
En 2006 obtuvo una Mención en el “Concurso Interamericano de Cuentos” de la Fundación AVON, Buenos Aires, con “El negro del bongó”. Su cuento “La Estrella” quedó finalista del “Premio La Monstrua”, de editorial Vavelia, en Guadalajara.