Rodrigo Gardella

EL DUEÑO DE MI SUEÑO

 El niño nació cuando la madre estaba muerta, pero lo más sorprendente fue que el nacimiento se produjo dos años después del fallecimiento del padre. Esa criatura es un milagro, exclamaba mi abuela con el ramito de flores achicharradas por el calor en la mano, mientras esperaba a Doña Rosa para ir a visitar al milagro. Muy milagrosa, repetía Doña Rosa, y las dos se alejaban a paso de tortuga, sosteniéndose mutuamente para no caerse. Yo no dije nada. Será por lo que pasó con mamá que la abuela se impresiona con estas cosas, pensaba. No quería indagar y menos que me pidieran que las acompañara. Las despedí desde la puerta de la calle y me quedé allí hasta que las vi doblar la esquina. Luego corrí a encerrarme en mi habitación, saqué la revista que tenía bien escondida en el cajón de los pulóveres y comencé a observar las fotos que ya había contemplado cientos de veces con la misma voracidad de la primera vez. Me las conocía de memoria, pero no dejaban de impresionarme. Me imaginaba estrujado por esos brazos musculosos y acurrucado entre los pectorales como montañas. Entre la segunda y la tercera página conseguía la erección y antes de llegar a la diez había acabado. Sin manchas ni dobleces, me decía Mauricio. Siempre me lo recordaba al prestarme las revistas. Agarré la revista con los dedos que aún conservaba limpios y la dejé sobre la cama con mucho cuidado. Después me limpié con una toalla. Seguí ojeando la revista un rato más, pero ya no era lo mismo. Las imágenes no me excitaban. Además, los señores de las últimas páginas no me parecían tan atractivos. La volví a guardar en el fondo del cajón, sin arrugar ni doblar. Por último, humedecí la toalla para que no le quedaran pegotes delatores.
Recuerdo perfectamente esa tarde porque fue el comienzo del fin de mi amistad con Mauricio. Si la abuela no hubiese tardado tanto, tal vez otra hubiera sido la historia. La abuela no solía demorarse cuando salía, pero ese día, a las nueve de la noche todavía no había regresado a casa. Fue la primera vez que sentí miedo de quedarme solo. En ese momento me di cuenta de lo mucho que dependía de ella. No sabía cocinar ni tenía idea de cómo usar el lavarropas. ¡Quién iba a cuidarme si la abuela no volvía! Fue un terror repentino. Papá era visitador médico y durante la semana siempre estaba de viaje. Solo los sábados y domingos los pasaba con nosotros. Mamá nos había abandonado cuando yo tenía tres años. La pobre estaba mal de la cabeza, decía la abuela cada vez que salía el tema. Papá ni siquiera la nombraba. Tampoco se podía confiar en los vecinos desde aquel problema con la medianera. Sin la abuela, seguramente tendría que vivir con papá y acompañarlo en sus viajes. Ya no podría asistir a la escuela ni visitar a Mauricio o, lo que era mucho peor, me dejaría internado en el convento de las monjitas. Me desesperé. Por suerte la abuela no tardó en regresar. Estaba blanca como un papel. Sin explicar los motivos de la tardanza se puso a preparar la cena. Poco a poco todo volvió a la normalidad. Sin embargo, esa noche me fui a la cama angustiado. El problema no había desaparecido. La abuela estaba vieja y por más que quisiera no viviría para siempre. Antes de dormirme decidí que al día siguiente hablaría con Mauricio.
Puedo decir que conocía a Mauricio de toda la vida. Cada vez que regresaba de la escuela pasaba por su kiosco. No era el único. El kiosco de Mauricio se llenaba de chicos al mediodía. Mauricio tenía paciencia para hablar con nosotros y, lo mejor, nos convidaba con chicles y caramelos. Pero nuestra verdadera amistad comenzó cuando la abuela me pidió que le comprara la Radiolandia. Todas las semanas me daba plata para la revista y, a cambio, podía quedarme con los vueltos. Era nuestro trato. Iba al kiosco durante la siesta, que era el momento más aburrido del día. A esa hora casi no había clientes y Mauricio siempre estaba de buen humor. Al principio tardaba bastante en decidir lo que quería comprar con el dinero de la abuela. Había tantas golosinas…, y yo las quería todas. Entonces Mauricio se ponía a explicarme la diferencia entre las distintas marcas y los sabores como si fuera un maestro. Conocía de memoria cada uno de los productos que vendía. Con el tiempo dejé de interesarme en los dulces y me quedaba en el kiosco haciéndole compañía. Mauricio tenía esposa y dos hijos, más grandes que yo, pero ellos nunca aparecían por allí. Me gustaba verlo atender a la gente y a veces hasta me dejaba ayudarlo, aunque también debo reconocer que me molestaban los clientes muy habladores, en especial los niños que hacían tantas preguntas. Mauricio debía tener la misma edad de papá, pero era mucho más fuerte y alto. Estaba seguro de que si los dos se enfrentaban en una pelea Mauricio ganaría. Lo sabía por sus camisas ajustadas, arremangadas en los brazos y abiertas en el pecho. En cambio papá se escondía debajo de sacos amplios y corbatas anticuadas. Al lado de Mauricio me sentía protegido y odiaba la hora de regresar a casa.
Una tarde le pregunté por qué algunas revistas venían envueltas en bolsas negras. Son para adultos, respondió. Soy adulto, le dije. Tenía doce años. Pero él insistió en que eran para otro tipo de adultos. No me di por vencido y los días siguientes volví a hacerle la misma pregunta, una y otra vez, hasta que, luego de comprobar que no había nadie en el pasillo que comunicaba con la casa y de poner el cartelito de «ya vuelvo» en la puerta del negocio, desenfundó dos revistas. ¿Cuál te gusta más? Jugué un breve ping-pong visual y elegí sin pudor, apurado por miedo a que se arrepintiera, la de hombres desnudos. ¡Mirá vos, el mocoso!, dijo con una sonrisa y me entregó la revista. Llevátela para mirarla tranquilo y después me la devolvés, pero ojo, sin manchas ni dobleces, que tengo que venderla. Su mano palmeaba mi hombro mientras me acompañaba hasta la puerta. Esto es un secreto entre vos y yo. Nadie más tiene que enterarse, ¿me entendés?, deslizó la advertencia con una seriedad aguada por el guiño cómplice. Asentí con la cabeza, las manos ardiendo, el corazón bombeando adrenalina. Antes de marcharme guardé la revista en la campera. Desde ese día mis visitas al kiosco se hicieron más frecuentes. Ya no necesitaba una excusa y cada semana me llevaba una revista nueva.
Por eso, cuando esa tarde le conté a Mauricio mis temores y le hice la propuesta que había estado pensado durante toda la noche no esperaba más que su aprobación. Jamás me hubiese imaginado una reacción así. Mauricio escupió su respuesta como un puñal. Escuchame pibe, va a ser mejor que no vuelvas por un tiempo. Y ahora rajate de acá antes de que se arme quilombo. Ni siquiera me dio tiempo para contestar, porque me echó a empujones del kiosco, como si fuera un desconocido. Regresé a casa avergonzado, con una única palabra repicando en la cabeza: pibe, pibe, pibe. Yo no era un pibe más. Teníamos un secreto, nuestro secreto. Lloré durante horas con la cara hundida en la almohada para que la abuela no escuchara. Primero lloré por desilusión, luego fue impotencia y al final solo eran lágrimas de rabia. Esa noche tuve fiebre y el resto de la semana falté a la escuela. El sábado siguiente, la abuela acababa de servir la cena cuando le mostré la revista a papá y le dije quién me la había dado. Sabía que estaba haciendo algo malo pero no me importó. Nada me importaba en ese momento. Papá miró la revista con desconcierto y me dio vuelta la cara de un sopapo. A pesar del dolor permanecí inmóvil. A ese hijo de puta lo mato, gritó hecho una furia y salió de casa dando un portazo. Me quedé masticando mi arrepentimiento en la penumbra del comedor, mientras la abuela, desolada por lo que acababa de presenciar, rezaba un Ave María en la cocina.
Papá regresó media hora después y me encerró en su habitación. Todavía estaba enfadado. Pensé que me pegaría de nuevo. Lo examiné de reojo, buscando los rastros de esa pelea tantas veces imaginada. En lugar de golpes hubo varias preguntas, muchas de ellas repetidas como si no me creyera o mis respuestas no lo conformaran. A todo dije que no. Ni un moretón, nada que me indicara cómo había sido el enfrentamiento. La imagen de Mauricio vencido no hacía más que acrecentar mi frustración. En mi ingenua representación de la vida solo había lugar para un héroe. Papá se fue tranquilizando a lo largo del interrogatorio pero sin perder el tono severo. Me prohibió volver al kiosco. Fue terminante. Ni siquiera podía poner un pie en la misma vereda y pobre de mí si me sorprendía de nuevo con mariconadas. Esa fue la única y la última vez que hablamos del tema.
Por mis compañeros de escuela supe que la esposa y los hijos se habían hecho cargo del kiosco cuando Mauricio desapareció. Nadie tuvo noticias ciertas de su paradero ni tampoco se conocieron las razones de su precipitada partida, pero fueron varios los rumores que circularon en el barrio. El más firme aseguraba que se había escapado con otra mujer.
Durante mucho tiempo lo esperé. Como una Mary Jane cualquiera soñaba que aparecía durante la noche para rescatarme. Incluso dejaba la ventana entreabierta y muchas veces me acostaba vestido para facilitar la fuga, pero Mauricio, el de las camisas ajustadas y las caricias suaves, nunca regresó por mí.
Y a pesar de los años, el deseo de volver a verlo persiste con la misma intensidad de entonces. Sólo su imagen se desdibujó en el recuerdo.
Mientras me deleito viendo jugar a mi hijo con los otros niños en el arenero de la plaza, portando sus rodillas rasposas, jugosas y la nariz llena de mocos, me juro a mí mismo, por lo más sagrado que tengo, que no voy a cometer el mismo error.

Este relato forma parte del libro Historias sobre una duda constante (EdítaloContigo, Madrid, 2014) – ISBN 9788494222146
http://historiassobreunadudaconstante.blogspot.de/

12305807_10207340960898745_2068058123_n
Rodrigo Gardella
(1973, Buenos Aires). Se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Desde 2004 vive y trabaja en Alemania. Fue uno de los miembros fundadores de «Dámaso y los demás», grupo de trabajo que funcionó entre 2009-2013 con el objetivo de estimular la interacción y creación literaria en español. Ha participado en numerosas lecturas, entre otras en la Feria del libro de Frankfurt 2010 y en varias ediciones de la Semana Latinoamericana (Universidad de Frankfurt – Campus Westend). Libros publicados: “No te va a doler / Es tut gar nicht weh” (2011, Stuttgart), antología bilingüe de relatos (español-alemán), e  «Historias sobre una duda constante» (2014, Madrid), también de relatos.