Roberto Zeballos Rebaza

ÚLTIMA LUZ

También aquella vez, como solía suceder, Bruno había atravesado la puerta trastabillando, tieso y nervioso, y había dicho, a modo de saludo: “Buenas tardes a todos, espero no molestar”.
Por lo común las visitas de Bruno tenían lugar por las tardes, se aparecía sin avisar y casi siempre con su madre. Los dos se sentaban en el sofá de la sala de estar, uno al lado del otro; y entonces yo les traía una taza de té o de manzanilla, galletitas o, cuando tenía, un pedazo de pastel de acelga o de alcachofa. Por supuesto, al poco rato aparecía papá, que se alegraba de que lo visitaran.
Cuando venían Bruno y su madre se quedaban un largo rato, a veces hasta que oscurecía. Se marchaban dejándonos una confusa sensación, a mi padre y a mí: como que no sabíamos qué hacer con su ausencia y nos tomaba un buen rato acostumbrarnos nuevamente a estar solos. Más tarde, con las ocupaciones y el pasar de los días, nos olvidábamos de aquella visita y hasta de la misma existencia de los dos, así que cuando, meses después, Bruno volvía a aparecer, trayendo algo bajo el brazo –bizcochos o café cuzqueño, que tanto le gusta a mi papá, aunque no debe tomar demasiado–, saludando y esperando no molestar, y preguntando siempre por la salud de papá, entonces me veía otra vez con la ansiedad de habituarme momentáneamente a su presencia para no incomodarlo con algún involuntario gesto de rechazo, a su estilo de hablar, a ese pronunciar las palabras como remachándolas, como si estuviera declamando o reportándose a un sargento; o a su manera nerviosa de dirigir la mirada, a través de sus lentes de fondo de botella, y los movimientos espasmódicos de sus manos, de falanges blanquecinas, que tanto me desagradaban.
(Unas manos que descansaban también aquella vez, inmóviles, sobre los brazos del sillón.)
En un inicio, cuando recién lo conocí, me incordiaba su presencia, siempre tan opaca; su apariencia desgarbada –si bien no era lo que se dice un enclenque, se esforzaba por parecerlo–, con aquella horrible casaca de cuero negro que siempre se ponía, lo desconcertante que me resultaba en medio de los sillones de la sala; la única razón que tenía entonces para no desalentar sus visitas era el hecho de que siempre lograba entretener a papá. En lo que a su madre se refiere, en cambio, debo confesar que me costó mucho menos aceptarla como ocasional visitante de la casa, a pesar de que no fue precisamente ella quien se esforzara por caerme en gracia cuando me vio por primera vez.
Ahora que lo pienso, en realidad no sé bien por qué razón hablo de esta manera; me avergüenza un poco hacerlo, pero debo reconocer que, al haber sido parte de la vida de esta casa desde antes de que yo apareciera, son ellos quienes hubieran tenido la atribución de aceptarme o no de buena gana; creo que siempre he sido conciente de esta incómoda precedencia y por eso fue, quizá, que me resultó especialmente molesto el que Bruno se mostrara tan entusiasmado con mi reciente llegada, hasta obsequioso conmigo si se quiere, y, según atiné a interpretar, el que su madre pareciera algo recelosa de esa actitud suya, en los primeros días.
Lo que quizá me hubiera parecido mejor, en todo caso, es que sencillamente les incomodara el haberles roto yo su rutina establecida para las tardes tripartitas, con la taza de café –que yo empecé queriendo suprimir para papá– y su distendida conversación; y luego se acostumbraran poco a poco a mi presencia. Y, en cambio, fue como si mi llegada tuviera por finalidad cambiar una escena demasiado ensayada: la madre estaba muda casi todo el tiempo, sin dejar de sonreír, y Bruno que se ponía nervioso, daba saltitos en el sofá, no sabía qué más cosas preguntarme.
Por eso es que tuvo que pasar algo de tiempo antes de que me sintiera cómoda con ellos; y aún más, antes de que me animara a explicarles –aunque quizá ya no hacía falta– por qué estaba viviendo en casa de mi padre.
Había llevado, hasta hacía poco, les dije, una vida muy diferente. Trabajaba en lo que se suele llamar la plataforma de un banco. Lo venía haciendo desde antes de terminar propiamente mis estudios, un promedio de casi cincuenta horas semanales. Estaba entonces obsesionada –algo que en realidad no les mencioné, debido a cierto pudor– por hacerme una vida propia, lejos del recuerdo de las privaciones en las que viví de joven, junto a mi familia.
Fue mucho después, sin embargo, que les conté cómo llegó el día en que tuve que dejar aquel puesto. Quise ser, en aquella oportunidad, más bien parca, y Bruno y su madre parece que entendieron bastante bien cómo es que me había quedado, de pronto, sin ánimo para afrontar la rutina de aquella vida que giraba, cada día más vertiginosamente, alrededor de mi trabajo; una rutina a la que por primera vez apreciaba yo como extenuante y carente de sentido.
Ahora bien, resulta más que probable que mi padre les haya contado, en alguna ocasión en que yo no estaba presente, que antes de eso –o “en lugar de” eso– lo que sucedió fue que estuve enferma e incapacitada, durante un largo tiempo, para ir a la oficina; que me había quedado sola, en realidad, dentro de un departamento hipotecado, durante muchos días, encerrada y sedada, después de que mi permiso médico venciera, hasta que apareció él, mi padre (ganzúa en mano: muy característico), porque alguien lo había llamado del trabajo, preguntando por mí.
Una tarde especialmente triste –o yo estaba un poco sentimental y me sentía como necesitada de hacer alguna confidencia– les hice el relato de cómo tomé la decisión, luego de aquel desbarajuste y de pasar otras noches horribles pensando en todo ello, de venirme a vivir junto mi padre: alguien que cada año es menos capaz de valerse por sí mismo y que no tiene ya a nadie quien lo cuide; su última sirvienta, cansada de los dolores de cabeza que él es muy capaz de proporcionar a cualquiera, lo había abandonado. Huelga decir que nunca les he mencionado cuántas veces me he arrepentido de haber tomado esa decisión. Tampoco les he hablado nunca –creo– de la desilusión que siento frecuentemente en mi nuevo trabajo subalterno en el área administrativa de una escuela primaria, cerca de la casa, que acepté solo porque me permitía pasar mucho tiempo junto a mi padre, ni la tristeza que otra veces se apoderaba de mí ante las miserias propias de su vejez, ante el hecho ineludible…
Hubo ciertos días, en aquel entonces, debo reconocer, en que sentía ganas de contarle estas cosas, y otras más, a Bruno. Finalmente nunca lo he hecho por un temor –exagerado, quizá– a propiciar una intimidad que realmente no deseaba; a cambio de ello me hubiese gustado que Bruno me dijera también ciertas cosas más acerca de él.
Bruno trabajaba entonces (ahora sé que se ha marchado a otro lugar) en un taller mecánico, como papá hizo en su día, tiene casi mi misma edad y una vez estuvo a punto de casarse. Me dice que nos conocimos de pequeños, cuando vivía mi familia entera en este barrio, pero yo no me acuerdo de él. Yo era una niña demasiado ensimismada y arisca, según puedo recordar, y no podía haber sentido ninguna curiosidad entonces por un niño como seguramente era él (pero, ¿a qué me refiero exactamente?).
Él se fue muy joven, por algunos años, del país. Venía de visita solo por semanas, a intervalos cada vez más prolongados. Pero siempre buscaba la oportunidad de verme, me dijo, aunque fuera de lejos y por un instante. Nunca me fijé. Ahora, con todo el tiempo que ha transcurrido, podía encontrar en él ciertas cosas, quizá no interesantes, pero al menos que conseguían intrigarme un poco. Era tan raro: por ejemplo, por qué le interesaba tanto saber de los incipientes trastornos mentales de mi padre, por qué leía siempre libros viejos de psiquiatría, sacados de quién sabe dónde; o, sencillamente, me preguntaba por el por qué de sus repentinos e inopinados silencios.
Como en aquella tarde, en la que había caído en uno de esos lapsos de estar callado, como pensando concentradamente en algo. Mientras tanto, la luz exterior, que entraba por la ventana y le iluminaba a medias las facciones poco agraciadas de su rostro, iba adquiriendo tonos crepusculares.
A mí se me ocurrió, de pronto, la idea de que algo había sucedido con su madre, enferma crónica de pequeños males sin cuento. Eso, debido a que Bruno nos había contado, algunos días antes y en tono preocupado, que ella estaba pasando todo el tiempo en cama debido a no se sabía bien qué precisamente. Pero entonces Bruno me mira y me dice si podemos salir a dar una vuelta. A mí no me gusta salir por el barrio a caminar; y cuántas veces se lo había dicho, no tanto como una excusa, sino porque era verdad. Salgo muy poco de casa. Pero en aquel momento me dije que podía ser algo importante. Yo tenía ideas muy recurrentes acerca del tramo final al que todos llegan en algún momento. Quería saber, de pronto, sobre aquellos libros de medicina y hablar, también, sobre los trastornos de mi padre. No sé bien. Si su madre se ponía mal, posiblemente Bruno nos vendría a visitar con menos frecuencia; me figuraba que mi padre llegaría a estar preguntando por ellos dos constantemente y yo tendría que volverle a explicar, cada cierto tiempo, lo que había ocurrido.
Ya fuera, sin embargo, caí en la cuenta de que había estado imaginando cosas sin asidero. Papá había balbuceado algo, muy intrigado, cuando le anuncié que iba a salir un rato con Bruno; no le hice mucho caso, porque me hablaba desde el cuarto de baño, y yo me apresuré en salir de la casa, detrás de Bruno, que estaba un poco apurado, noté. Pero después Bruno comenzó a andar a paso lento y en lo que pensé entonces fue en que iría, de pronto, a cogerme de la mano.
Como aquella otra vez, quiero decir hace ya mucho tiempo: cuando hizo ese gesto, asir mi mano, mientras estábamos sentados los dos en el sofá de la sala, en un momento en que su madre y papá se distraían con una noticia del periódico; yo arranché mi mano de la suya con una presteza de irritación y el resto de aquella tarde estuve como muy enfurecida, y me mostré hasta algo díscola con su madre. En realidad, no fue que hubiese tomado mi mano, sino tan solo la rozó con sus dedos blanquecinos, y lo mío fuese más un rechazo a una idea que ya me rondaba la mente que a una sorpresiva insinuación. Pero sirvió para que no volviera a intentar nada parecido; tragó saliva por un buen rato y al despedirse se mostró evasivo. Lo había aplastado con un solo gesto. El mismo con el que me humillaron a mí también, supongo; pero eso fue en otra época y otro lugar.
Cuando llegamos al parque, que era adonde me quería llevar Bruno, sin que se molestara en disfrazar sus intenciones, iba recordando un paseo parecido, cuando aquel hombre –el que retirara su mano de la mía–, con el que quise compartir la vida que había imaginado para mí, me condujo a un lugar frondoso, con banquitas de madera muy espaciadas y me habló por primera vez de su proyecto de vivir juntos, los dos. Era de noche, pero no hacía frío, pues era también verano. Nos habíamos encontrado después del trabajo, no muy lejos de donde queda aquel conglomerado de edificios que se llama, hasta ahora, centro financiero, donde los dos teníamos nuestros respectivos lugares de trabajo. Este otro parque del barrio no tiene nada de frondoso, en cambio, dos o tres arbolitos, el gras mal mantenido y sucio, las bancas son de cemento, sin respaldares siquiera, y algunas están rotas o tienen inscripciones obscenas. (Al menos ahora hay un parque, cuando era chica era solo un descampado.) La gente del barrio viene por las tardes y pasea por los senderitos o se sienta a esperar a que termine el día; desde la azotea de mi casa contemplo, a veces, a niños pequeños que juegan a la pelota o chicos más maduros que conversan a gritos.
Aquella vez, como cosa peculiar, había solo algunos ancianos; creo que transmitían un partido de fútbol por televisión y la mayoría de la gente, por eso, no había salido a la calle. Cuando nos sentamos me fijé en una pareja, los dos cogidos de la mano, en una banca frente a la que Bruno escogió para nosotros. Me pareció una ocurrencia bonita y me sentí agradecida. El ocasional silencio y el color final del atardecer, un anaranjado muy intenso, que todo lo invade momentáneamente en el verano, me cubrían como con un manto de suave esperanza. Nunca vengo a este parque, solo paso por un costado, camino a casa, o lo observo desde lejos, y no me gusta. Me puse a observar con atención a aquellos dos ancianos que esperaban –me parecía– confiadamente, juntos, y eso me hacía estar tranquila y segura.
De reojo observaba las manos de Bruno, sus hombros, su perfil quieto. Cuando sacó de su bolsillo un sobre, me hizo recordar que tiempo después de aquel incidente del sofá, cuando intentó tocarme, me escribió una carta que me dio náuseas de solo leer el encabezado. Mis más sentidas disculpas. No la terminé y la tiré al tacho de los desperdicios de la cocina. Por eso cuando escuché que decía algo de que “…por eso necesito dinero”, no entendí de qué me hablaba. En aquel sobre había algo escrito a máquina. De pronto volví a pensar en su madre. “Tu mamá…”, dije. “Ah, sí, pero ella está bien, gracias”. Sonrió a medias, al contestar. Dentro del sobre me pareció ver otro papel con la foto pegada de un niño. Me quedé sin saber qué decir. “Tengo que pagar una deuda”, se apuró en explicar de nuevo. Su voz era más bien plana. Había una cierta fluidez en su expresión; tan diferente, pensé, de los tartamudeos de nuestros primeros días. Sus manos estaban inmóviles, como a la expectativa. “Mi madre no debe saber”.
Cuando era una adolescente, recuerdo, un amigo que tenía entonces cogió, pensado que nadie lo observaba, un dinero que había en una mesilla de la sala. Yo fui la única que presencié aquello y la única –también– que cargué más tarde con el enojo de mi madre. También, muchos años después, en aquel otro lugar tan lejano, de bonitos y modernos edificios donde quise vivir para siempre, me sentí acorralada por la misma mirada de expectativa que me dirigió aquel amigo de infancia, cuando le reclamé el dinero. “Debes comprender”, fue algo así lo que me dijo, o lo que yo entendí. Se trataba la misma postura, me di cuenta, es decir, tanto la de Bruno como la de mi antiguo novio; y la expresión del rostro, la misma, creo. Los brazos apoyados en las rodillas, sí, los ojos de pronto vueltos hacia abajo, la cabeza gacha. Estirado y en silencio, Bruno, también, de un momento a otro, dirigió la mirada furtivamente hacia su reloj. Se estaba haciendo tarde. Ellos tienen sus aprietos y sus cosas, y una no debe interferir; a lo más, solo hacer lo que te piden.
Aceptar que no siempre van a poder cumplir aquello que alguna vez manifestaron deseos de hacer. ¿Quién dijo eso? Quizá fue mi madre, en alguna otra oportunidad. ¿O lo escuché yo misma en la radio? No estoy segura. La última luz del día ya estaba por desaparecer.

RobertoZeballos

Roberto Zeballos Rebaza

Lima, Perú, 1975. Obtuvo en 2007 el premio nacional Julio Ramón Ribeyro, otorgado por el Banco Central de Reserva del Perú, por su novela Tigre hircana. Colabora como traductor y comentarista en los medios virtuales Transtierros y Vallejo&Co. Actualmente vive en Arequipa (Perú).