Enrique Díaz

EL CUENTO DEL NIÑO Y EL GRAN ELEFANTE GRIS

 No recuerdo cómo llegó esta anécdota a mi conocimiento, no sabría deciros si me la contaron o si fue simplemente un sueño. Por lo tanto, no estoy en condiciones de asegurar su certeza. Pero sí que me hallo en disposición para relatarla:
La acción se desarrolla en la Inglaterra de principios del siglo XVIII. Un prestigioso y erudito hombre de ciencias y letras, cansado de su viejo escritorio, decide acudir al contiguo pueblo para contratar los servicios de un ebanista. Necesita un escritorio nuevo, con mejores maderas, y más grande y robusto al actual. Una vez en la villa irrumpe en el angosto taller de Henry, un humilde carpintero y ebanista vocacional. Dentro del local le acompañan su encantadora y grácil esposa, Martha, y el hiperactivo e irrespetuoso hijo de nueve años, Henry II.
El hombre le explica a Henry lo que necesita, para ello traza un boceto aproximado del proyecto que desea. Henry, por supuesto, acepta el cometido, la situación económica en esos momentos no es muy boyante. Pero antes de negociar el precio por realizar dicha tarea, Henry piensa en su pequeño hijo. Al crío ya lo habían expulsado de varias escuelas por su indisciplina y falta de atención. Era un niño muy inteligente, pero sin maestros no podría aprender demasiado, y Henry ambicionaba que pudiera dedicarse a labores más interesantes que a trabajar con sencillas maderas. Por tanto le propuso al hombre que a cambio del trabajo de la fabricación del escritorio le diera clases a su hijo.
El erudito no parecía muy convencido, pero de esta manera se ahorraría unas monedas, al fin y al cabo era un niño, no le crearía demasiados problemas. Accedió.
Se equivocó.
Al día siguiente Henry y Henry II arriban a la mansión del erudito sobre un carro tirado por una cansada mula, en la parte trasera portan la madera y los utensilios necesarios. Emprendieron a descargar entre los dos la carga, y cuando hubieron finalizado, Henry avisó al hombre de que principiaría de inmediato con la faena. El trabajo lo efectuaría en la parte posterior de la mansión, en el interior de un gran patio. Corría el mes de agosto, no habría problemas ni de temperaturas desagradables, ni de lluvias incesantes.
El hombre apareció en el patio con una silla asida con una mano y varios libros en la otra. Dedicó un ademán hacia el crío para que se sentara en el suelo, frente a él, y abordó a explicarle teorías al pequeño jovencito. Henry II permanecía boquiabierto escuchando la cantidad de cosas nuevas que le narraba aquel desconocido. Apenas sabía leer y escribir, pero entendía a la perfección cada palabra, cada número, cada función que el sabio le ilustraba.
Así iban pasando los días: el hombre le formulaba de geometría analítica, de la teoría de tangentes, de cálculo diferencial e integral. El joven Henry lo absorbía en su todavía reducido cerebro, y luego lo almacenaba para utilizarlo en cuanto fuese mayor. El día que más se divirtió fue una mañana cuando aquel hombre le enseñó su telescopio reflector y le demostró que la luz blanca estaba compuesta por otros siete colores.
Las leyes de la dinámica no le parecieron nada del otro mundo, eran evidentes. Además les buscaba similitudes con situaciones cotidianas. Acción-reacción, claro, si alguien me insulta le doy un puñetazo, pensaba el pequeño Henry. Le resultaba fascinante la forma de plantearlo que tenía aquel hombre.
Su padre permanecía absorto en su trabajo como para atender a estas lecciones y cada vez que el crío se lo quedaba mirando, él sonreía.
Hasta que un día el sabio le explicó la ley de la gravitación universal. Mientras el erudito se deshacía en explicaciones y en el desarrollo de fórmulas, Henry fruncía cada vez más el ceño. Jamás lo había hecho y aquello llamó la atención del improvisado profesor, tanto, que le preguntó si tenía algún problema.
—O sea, no podremos volar —le replicó el pequeño Henry.
—Por supuesto que sí, pero debemos vencer esa fuerza, ser más fuertes que ella —por primera vez el hombre, Isaac, sonrió.
—¿Y por qué no dices que te confundiste, que es un error? Ahora tendremos los pies siempre sobre la tierra —dijo Henry, a la par que le caían unas lágrimas.
El individuo arrugó el ceño, ahora era él quién lo hacía, se quedó mirando al niño y no supo qué contestarle. Se mordió los labios y se acercó a Henry:
—Lo siento pequeño, ya es demasiado tarde, de verdad que lo siento.
Isaac entró en la casa y volvió a salir unos minutos más tarde, traía en las manos una pequeña bolsa de tela y se la entregó al padre.
—Esta saca lleva el valor de lo que costaría tu trabajo. Por favor, no vuelvas a traer al niño —le dijo a Henry.
Henry miró a su hijo con un gesto de preocupación. Esa noche mientras regresaban a su humilde hogar no cruzaron ninguna palabra. Ni que decir tiene que el pequeño se quedó castigado esa noche sin cena. Sin embargo el crío, a partir de ese día, se pasó cada segundo de su vida buscando un fallo en aquella ley. Después de muchos años, muchísimos años, encontró la respuesta. Era tan obvia que se le había pasado por alto.
Otro día os relato dónde estaba el fallo, porque eso,… eso es otra historia.

EnriqueDíaz

Enrique Díaz nació en Ourense (España) el 29 de Diciembre de 1.965. Desde hace dos años reside en Las Palmas de Gran Canaria. Retomó la escritura, abandonada en su juventud, comenzando a trabajar en viejos y también en nuevos proyectos.  Tiene publicados dos libros: “El contador de sueños” y “De emociones, de ironías y otros relatos”. El cuento “EL CUENTO DEL NIÑO Y EL GRAN ELEFANTE GRIS” pertenece al libro  “De emociones, de ironías y otros relatos”, Createspace Independent Publishing Platform, ISBN 978-1515339762