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Francisco Astiazarán

KURTZ

Ese otoño mi madre decidió que no daba para más, que nos volvíamos a la ciudad. No retengo el momento exacto en que dejamos para siempre aquella casa del balneario. Esos días deambulan en los bajos más brumosos de mi memoria. Sin embargo, a veces puedo escuchar el contrapunto crispado de sus voces. Un grito de ella. La imponente caída de un radiograbador desde lo alto de una repisa. Recuerdo un patrullero, dos policías en la puerta de nuestra casa, una noche, poco después de mi cumpleaños número diez. Enseguida de eso nos fuimos, pero mi padre se quedó en el balneario. Armó una carpa estructural en el bosque, detrás de la estación de ferrocarril, y allí pasó el invierno. Pudo haber ido con mis abuelos, buscar algún sitio resguardado en donde comenzar a redimir los años de yerros. En cambio eligió aquella purga invernal. Eligió los pinos, el viento de un inhóspito cabo del atlántico sur.
En esa época todavía funcionaba el servicio ferroviario de carga. Los empleados de la estación eventualmente le facilitaban conexión eléctrica y permitían que utilizara el baño. Yo iba a visitarlo algunos fines de semana. Mi madre me subía al ómnibus en la ciudad y él iba a esperarme. Desde la ruta, hasta el campamento, debíamos recorrer unos cientos de metros a través de un atajo en el bosque. Mi padre estaba flaco y por más que amenizaba el trayecto con historias de piratas y tesoros sepultados, yo enmudecía. En la bóveda triste de los árboles el silencio se arremolinaba. Una bestia transparente avanzaba de rama en rama, escrutando nuestra marcha con los ojos del viento.
Fue la primera vez que sentí crecer el invierno en mi estómago.
Por lo general nos abrigábamos bien e íbamos a pescar sargo en las canaletas. A la noche  llegaban amigos casuales de mi padre. Pescadores y bohemios de la zona. Hacían caipiriña y se quedaban hasta tarde debajo de las lonas. Jugaban ajedrez y fumaban. Yo me dormía con el olor del tabaco y el crujido de los pinos al hamacarse encima de la carpa.
Un día mi padre fue a esperarme con una mano vendada.
—¿Qué te pasó? —le pregunté.
—Un accidente sin importancia  —contestó.
Mientras nos acercábamos al campamento fue quitándose el vendaje. Sobre el dorso de la mano tenía la piel levantada, como si algo hubiese intentado escarbar en la carne. Cuando llegamos al campamento dijo:
—Fijáte, ahí atrás, se llama Kurtz —e hizo una seña indicándome el camino. Rodeé la carpa, entonces lo vi. Estaba echado sobre la pinocha. La cuerda unía una pata del pingüino al árbol más cercano. Enseguida  se incorporó y comenzó a mover las alas y graznar con violencia.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté. Mi padre se había parado junto a mí. Terminaba de envolverse la mano lastimada.
—No sé —contestó. Intenté disimular. Yo tenía diez años y, aunque no lo sabía, aquellos días me iban a acompañar como sombras escurridizas durante mucho tiempo.
Lanzó una mirada inefable sobre el pingüino, y volvió a decir que no sabía, que realmente no tenía idea de lo que iba a hacer.
Kurtz permanecía atado, aunque mi padre me tranquilizaba diciendo que, algunos días, durante la semana,  lo soltaba en las canaletas.
—Va, se refresca un poco, y siempre vuelve conmigo —decía. Me daba miedo el pingüino. Nunca quise tocarlo, por más que mi padre insistía con el hecho de que lo hiciera.
Una madrugada me despertó el ruido. Intenté localizar los ronquidos en el dormitorio contiguo. Enseguida supe que estaba solo. Me abrigué y salí. Aunque un cielo inmóvil y cristalino blanqueaba por encima de los pinos, el viento agitaba con insistencia las lonas, provocando un fragor de temporal en torno al campamento. Me cubrí con una frazada y quedé sentado en la silla playera. Estiré los brazos sobre la mesa de costanero y distinguí la botella de caña, el cenicero atestado de tabacos, las piezas del ajedrez caídas, desparramadas en el tablero como restos de una explosión.
Estuve varios minutos sin moverme, hundiendo el miedo en la negrura del bosque, delineando cada mancha, cada amenaza, hasta mi vista logró adaptarse a la oscuridad.  Luego me puse de pie y comencé a caminar en los alrededores del campamento. Deambulé durante un rato, oyendo crepitar bajo mis pies al miedo agazapado. Agité los brazos como un ave y giré en la tiniebla densa hasta perder el equilibrio.  Entonces lo vi. Estaba hincado junto al pingüino. Con una mano se cubría la cara y la otra, doblada hacia abajo, parecía una ofrenda. De forma regular Kurtz volvía a lanzar un picotazo sobre la mano de mi padre. Yo no podía ver qué gesto hacía él. No podía oír ni una risa, ni un quejido, solo aquel silbido salado del viento envolviéndonos. Volví a la carpa y dormí.
Poco tiempo después él fue a la ciudad para firmar unos papeles. No pregunté por Kurtz, aunque entonces mi padre todavía llevaba la mano vendada. Yo estaba angustiado, así que nos fuimos a caminar  por la costanera del arroyo. Él me contó que aquel hilo marrón de agua desembocaba en la laguna, y la laguna en el océano, y que toda el agua del mundo estaba de alguna forma conectada. Esa idea me tranquilizaba.
La última vez que volví al campamento, el pingüino ya no estaba.  Era comienzos de la primavera y, según contó, una tarde que lo soltó en las canaletas Kurtz se sumergió y mi padre ya no volvió a verlo.
Se había quitado la venda. Tenía una cáscara seca que cada tanto se frotaba.
—Por qué se fue —le pregunté.
—Porque ya no quería estar acá, y además el océano es muy grande —dijo.
Pocos días después mi padre se mudó a unas piezas y, luego del verano, también él se marchó para siempre de aquel balneario.
Debieron pasar más de veinte años de nuestra intermitente relación, antes de que comenzáramos a transitar, con torpeza, los pocos territorios de la memoria en común que compartíamos.
Una nochecita inmóvil de verano, estando muy lejos del océano, en un bar de un pueblo fronterizo en donde mi padre pasó el resto de su vida administrando un supermercado, le pregunté si se acordaba de Kurtz. En ese tiempo mi segundo matrimonio ya emulaba los ritos enfermos y lastimosos del anterior. Aún sin darle un nombre a esa fuerza que sistemáticamente lo derrumbaba todo, había llegado con los bolsos prontos hasta aquel pueblo de polvo y contrabandistas. Desbandados por mi mente aleteaban destinos de playas brasileñas. Cálidas guaridas con formas amables y luminosas del olvido.
Habíamos tomado algo con mi padre, pero igual me ponía nervioso hablar. Él, en cambio, estaba en paz. Tal vez sin demasiadas respuestas, pero en paz.
—Me acuerdo de Kurtz, cómo no —dijo él, y se quedó  observándome con una ternura estéril, como buscando en la mirada de un ciego el origen de su tristeza. Luego sonrió y sin dejar de estudiarme le gritó al bolichero que fuera reponiendo cervezas en el freezer, que las íbamos a necesitar.
Entonces le pregunté si todavía tenía la cicatriz. Hizo un gesto, como de no entender demasiado.
—La cicatriz del pingüino, en la mano —le dije. Negó con la cabeza. Yo comenzaba a sospechar, por primera vez, que una parte de mí continuaba fundida con aquel oscuro bosque de viento salado.
—Está bien –dijo mi padre— está bien, hijo, por algún lado hay que empezar.
Entonces apoyó su mano abierta encima de la mesa y la deslizó hasta mí, como enseñándome la autenticidad de un documento. Acerqué mi cara para ver mejor y él hizo lo mismo. Recuerdo que esa noche, ese otro tiempo, comenzó así, de esa forma; los dos inclinados encima de su mano, buscando alguna marca sobre la piel.

 

kurtz

 

Francisco Astiazarán. Rocha, Uruguay, 1980. Es artesano y también ha trabajado como educador con niños y adolescentes. Desde 2004 reside en Montevideo.
Bajo otro título, y con algunas pequeñas modificaciones, “Kurtz” fue publicado en la antología que resultó del concurso de cuentos organizado por Italcred, en  2014.

Ces Le Mhyte

SPANISH HARLEM

Graffitea  el umbral de la cultura
aspirando el remolino de cal
que golpea las formas de las palabras;
el cuerpo se tiñe de ceniza
seduciendo cuervos de la lengua
amontonados como escombros de tiza
sobre escritorios del recuerdo.

They gather in the corners of the parlance,
In the bosom of the streets
Illuminated by the strident sound
Of the fall of the words bow
Upon the moving platform
Where memory is parked.[1]

En esas calles de New York
dentro de tachos de basura
el cuaderno azul no se encuentra;
alguien se llevó la evidencia
que desaprueba las pruebas,
por todos lados se gentrifica
sustancias en hoteles/comunidades en penas.

(Un lavarropas de encendido permanente)

Graffitea en la persiana “Paul”
sintiendo que los héroes
ya no interpretan señales;
una capa de división
reverdece la violencia metafísica
que aroma las etiquetas del silencio.

Pinta el palacio de papel un hispano
en una avenida de la memoria.
para que nadie lo convierta
en una exposición lenta de rostros de cera.

Flamea un pañuelo limeño
mudado de sitio a la fuerza,
violado en su esencia,
en el mástil del caserón nuevo
rozagante de típicas comidas;
pacientes Penélopes de pretendientes turistas
desiertos de tamborileos ajenos.

[1] Ellos juntan las esquinas de las lenguas/en el seno de las calles/iluminadas por el sonido estridente/ de la caída del arco de palabras/ sobre el playón movedizo/ en que se estaciona la memoria.
(Traducción del autor)

 

A MARTIN HEIDEGGER

Había que  ganar,
apelando a su categoría de ídolo.
Millones de cráneos hechos polvo
en los agujeros de Auschwitz.
En el último minuto adicionado
se esperaba su milagro,
un río de cenizas arrullaba
los campesinos aires de provincia.

Evadir como sea la derrota,
erosionar los cuerpos abriendo
una llave de gas.
Numerosos gritos celebran
el bacanal del espanto,
comienza el alargue indefinido
de la filosofía obituaria;
incansables servidores pastorean,
fanas y no tanto,
en el centro del engaño.

 

LA PREGUNTA ÚLTIMA

                    “Todo depende ahora de si el hombre
                   enfrentará la pregunta.”
                                          Martin Buber

 

Dónde están las llaves
Quién cuida las celdas del Tiempo
Dónde expone el lenguaje sus pinturas.

Quiénes esperan al búho
tras el vuelo hacia el refugio
de sus logros.

Qué ficticia los pliegues del ocultamiento,
cómo se desdoblan sin soltar
el polvillo del adiós.

Quién puede responder a la pregunta última
sin cortar otro capullo.

 

Ces Le Mhyte

Buenos Aires, 1980, poeta, escritor, director del emprendimiento cultural con perspectiva filosófica Mitxirrika Mythé y columnista radial de “Filosofía, arte y cultura” para el programa Recursos humanos + Humanos (primero por FM Signos, ahora por FM Simphony).
Ha obtenido el reconocimiento La lupa cultural 2013,  colectivamente los premios Cuna de la Bandera 2013, Galena 2014 y Premio Binacional Río de los Pájaros 2015.
Las poesías pertenecen al libro “La huella del erizo”, Buenos Aires, 2015 – Editorial Hesíodo.

 

Enrique Díaz

EL CUENTO DEL NIÑO Y EL GRAN ELEFANTE GRIS

 No recuerdo cómo llegó esta anécdota a mi conocimiento, no sabría deciros si me la contaron o si fue simplemente un sueño. Por lo tanto, no estoy en condiciones de asegurar su certeza. Pero sí que me hallo en disposición para relatarla:
La acción se desarrolla en la Inglaterra de principios del siglo XVIII. Un prestigioso y erudito hombre de ciencias y letras, cansado de su viejo escritorio, decide acudir al contiguo pueblo para contratar los servicios de un ebanista. Necesita un escritorio nuevo, con mejores maderas, y más grande y robusto al actual. Una vez en la villa irrumpe en el angosto taller de Henry, un humilde carpintero y ebanista vocacional. Dentro del local le acompañan su encantadora y grácil esposa, Martha, y el hiperactivo e irrespetuoso hijo de nueve años, Henry II.
El hombre le explica a Henry lo que necesita, para ello traza un boceto aproximado del proyecto que desea. Henry, por supuesto, acepta el cometido, la situación económica en esos momentos no es muy boyante. Pero antes de negociar el precio por realizar dicha tarea, Henry piensa en su pequeño hijo. Al crío ya lo habían expulsado de varias escuelas por su indisciplina y falta de atención. Era un niño muy inteligente, pero sin maestros no podría aprender demasiado, y Henry ambicionaba que pudiera dedicarse a labores más interesantes que a trabajar con sencillas maderas. Por tanto le propuso al hombre que a cambio del trabajo de la fabricación del escritorio le diera clases a su hijo.
El erudito no parecía muy convencido, pero de esta manera se ahorraría unas monedas, al fin y al cabo era un niño, no le crearía demasiados problemas. Accedió.
Se equivocó.
Al día siguiente Henry y Henry II arriban a la mansión del erudito sobre un carro tirado por una cansada mula, en la parte trasera portan la madera y los utensilios necesarios. Emprendieron a descargar entre los dos la carga, y cuando hubieron finalizado, Henry avisó al hombre de que principiaría de inmediato con la faena. El trabajo lo efectuaría en la parte posterior de la mansión, en el interior de un gran patio. Corría el mes de agosto, no habría problemas ni de temperaturas desagradables, ni de lluvias incesantes.
El hombre apareció en el patio con una silla asida con una mano y varios libros en la otra. Dedicó un ademán hacia el crío para que se sentara en el suelo, frente a él, y abordó a explicarle teorías al pequeño jovencito. Henry II permanecía boquiabierto escuchando la cantidad de cosas nuevas que le narraba aquel desconocido. Apenas sabía leer y escribir, pero entendía a la perfección cada palabra, cada número, cada función que el sabio le ilustraba.
Así iban pasando los días: el hombre le formulaba de geometría analítica, de la teoría de tangentes, de cálculo diferencial e integral. El joven Henry lo absorbía en su todavía reducido cerebro, y luego lo almacenaba para utilizarlo en cuanto fuese mayor. El día que más se divirtió fue una mañana cuando aquel hombre le enseñó su telescopio reflector y le demostró que la luz blanca estaba compuesta por otros siete colores.
Las leyes de la dinámica no le parecieron nada del otro mundo, eran evidentes. Además les buscaba similitudes con situaciones cotidianas. Acción-reacción, claro, si alguien me insulta le doy un puñetazo, pensaba el pequeño Henry. Le resultaba fascinante la forma de plantearlo que tenía aquel hombre.
Su padre permanecía absorto en su trabajo como para atender a estas lecciones y cada vez que el crío se lo quedaba mirando, él sonreía.
Hasta que un día el sabio le explicó la ley de la gravitación universal. Mientras el erudito se deshacía en explicaciones y en el desarrollo de fórmulas, Henry fruncía cada vez más el ceño. Jamás lo había hecho y aquello llamó la atención del improvisado profesor, tanto, que le preguntó si tenía algún problema.
—O sea, no podremos volar —le replicó el pequeño Henry.
—Por supuesto que sí, pero debemos vencer esa fuerza, ser más fuertes que ella —por primera vez el hombre, Isaac, sonrió.
—¿Y por qué no dices que te confundiste, que es un error? Ahora tendremos los pies siempre sobre la tierra —dijo Henry, a la par que le caían unas lágrimas.
El individuo arrugó el ceño, ahora era él quién lo hacía, se quedó mirando al niño y no supo qué contestarle. Se mordió los labios y se acercó a Henry:
—Lo siento pequeño, ya es demasiado tarde, de verdad que lo siento.
Isaac entró en la casa y volvió a salir unos minutos más tarde, traía en las manos una pequeña bolsa de tela y se la entregó al padre.
—Esta saca lleva el valor de lo que costaría tu trabajo. Por favor, no vuelvas a traer al niño —le dijo a Henry.
Henry miró a su hijo con un gesto de preocupación. Esa noche mientras regresaban a su humilde hogar no cruzaron ninguna palabra. Ni que decir tiene que el pequeño se quedó castigado esa noche sin cena. Sin embargo el crío, a partir de ese día, se pasó cada segundo de su vida buscando un fallo en aquella ley. Después de muchos años, muchísimos años, encontró la respuesta. Era tan obvia que se le había pasado por alto.
Otro día os relato dónde estaba el fallo, porque eso,… eso es otra historia.

EnriqueDíaz

Enrique Díaz nació en Ourense (España) el 29 de Diciembre de 1.965. Desde hace dos años reside en Las Palmas de Gran Canaria. Retomó la escritura, abandonada en su juventud, comenzando a trabajar en viejos y también en nuevos proyectos.  Tiene publicados dos libros: “El contador de sueños” y “De emociones, de ironías y otros relatos”. El cuento “EL CUENTO DEL NIÑO Y EL GRAN ELEFANTE GRIS” pertenece al libro  “De emociones, de ironías y otros relatos”, Createspace Independent Publishing Platform, ISBN 978-1515339762

Roberto Zeballos Rebaza

ÚLTIMA LUZ

También aquella vez, como solía suceder, Bruno había atravesado la puerta trastabillando, tieso y nervioso, y había dicho, a modo de saludo: “Buenas tardes a todos, espero no molestar”.
Por lo común las visitas de Bruno tenían lugar por las tardes, se aparecía sin avisar y casi siempre con su madre. Los dos se sentaban en el sofá de la sala de estar, uno al lado del otro; y entonces yo les traía una taza de té o de manzanilla, galletitas o, cuando tenía, un pedazo de pastel de acelga o de alcachofa. Por supuesto, al poco rato aparecía papá, que se alegraba de que lo visitaran.
Cuando venían Bruno y su madre se quedaban un largo rato, a veces hasta que oscurecía. Se marchaban dejándonos una confusa sensación, a mi padre y a mí: como que no sabíamos qué hacer con su ausencia y nos tomaba un buen rato acostumbrarnos nuevamente a estar solos. Más tarde, con las ocupaciones y el pasar de los días, nos olvidábamos de aquella visita y hasta de la misma existencia de los dos, así que cuando, meses después, Bruno volvía a aparecer, trayendo algo bajo el brazo –bizcochos o café cuzqueño, que tanto le gusta a mi papá, aunque no debe tomar demasiado–, saludando y esperando no molestar, y preguntando siempre por la salud de papá, entonces me veía otra vez con la ansiedad de habituarme momentáneamente a su presencia para no incomodarlo con algún involuntario gesto de rechazo, a su estilo de hablar, a ese pronunciar las palabras como remachándolas, como si estuviera declamando o reportándose a un sargento; o a su manera nerviosa de dirigir la mirada, a través de sus lentes de fondo de botella, y los movimientos espasmódicos de sus manos, de falanges blanquecinas, que tanto me desagradaban.
(Unas manos que descansaban también aquella vez, inmóviles, sobre los brazos del sillón.)
En un inicio, cuando recién lo conocí, me incordiaba su presencia, siempre tan opaca; su apariencia desgarbada –si bien no era lo que se dice un enclenque, se esforzaba por parecerlo–, con aquella horrible casaca de cuero negro que siempre se ponía, lo desconcertante que me resultaba en medio de los sillones de la sala; la única razón que tenía entonces para no desalentar sus visitas era el hecho de que siempre lograba entretener a papá. En lo que a su madre se refiere, en cambio, debo confesar que me costó mucho menos aceptarla como ocasional visitante de la casa, a pesar de que no fue precisamente ella quien se esforzara por caerme en gracia cuando me vio por primera vez.
Ahora que lo pienso, en realidad no sé bien por qué razón hablo de esta manera; me avergüenza un poco hacerlo, pero debo reconocer que, al haber sido parte de la vida de esta casa desde antes de que yo apareciera, son ellos quienes hubieran tenido la atribución de aceptarme o no de buena gana; creo que siempre he sido conciente de esta incómoda precedencia y por eso fue, quizá, que me resultó especialmente molesto el que Bruno se mostrara tan entusiasmado con mi reciente llegada, hasta obsequioso conmigo si se quiere, y, según atiné a interpretar, el que su madre pareciera algo recelosa de esa actitud suya, en los primeros días.
Lo que quizá me hubiera parecido mejor, en todo caso, es que sencillamente les incomodara el haberles roto yo su rutina establecida para las tardes tripartitas, con la taza de café –que yo empecé queriendo suprimir para papá– y su distendida conversación; y luego se acostumbraran poco a poco a mi presencia. Y, en cambio, fue como si mi llegada tuviera por finalidad cambiar una escena demasiado ensayada: la madre estaba muda casi todo el tiempo, sin dejar de sonreír, y Bruno que se ponía nervioso, daba saltitos en el sofá, no sabía qué más cosas preguntarme.
Por eso es que tuvo que pasar algo de tiempo antes de que me sintiera cómoda con ellos; y aún más, antes de que me animara a explicarles –aunque quizá ya no hacía falta– por qué estaba viviendo en casa de mi padre.
Había llevado, hasta hacía poco, les dije, una vida muy diferente. Trabajaba en lo que se suele llamar la plataforma de un banco. Lo venía haciendo desde antes de terminar propiamente mis estudios, un promedio de casi cincuenta horas semanales. Estaba entonces obsesionada –algo que en realidad no les mencioné, debido a cierto pudor– por hacerme una vida propia, lejos del recuerdo de las privaciones en las que viví de joven, junto a mi familia.
Fue mucho después, sin embargo, que les conté cómo llegó el día en que tuve que dejar aquel puesto. Quise ser, en aquella oportunidad, más bien parca, y Bruno y su madre parece que entendieron bastante bien cómo es que me había quedado, de pronto, sin ánimo para afrontar la rutina de aquella vida que giraba, cada día más vertiginosamente, alrededor de mi trabajo; una rutina a la que por primera vez apreciaba yo como extenuante y carente de sentido.
Ahora bien, resulta más que probable que mi padre les haya contado, en alguna ocasión en que yo no estaba presente, que antes de eso –o “en lugar de” eso– lo que sucedió fue que estuve enferma e incapacitada, durante un largo tiempo, para ir a la oficina; que me había quedado sola, en realidad, dentro de un departamento hipotecado, durante muchos días, encerrada y sedada, después de que mi permiso médico venciera, hasta que apareció él, mi padre (ganzúa en mano: muy característico), porque alguien lo había llamado del trabajo, preguntando por mí.
Una tarde especialmente triste –o yo estaba un poco sentimental y me sentía como necesitada de hacer alguna confidencia– les hice el relato de cómo tomé la decisión, luego de aquel desbarajuste y de pasar otras noches horribles pensando en todo ello, de venirme a vivir junto mi padre: alguien que cada año es menos capaz de valerse por sí mismo y que no tiene ya a nadie quien lo cuide; su última sirvienta, cansada de los dolores de cabeza que él es muy capaz de proporcionar a cualquiera, lo había abandonado. Huelga decir que nunca les he mencionado cuántas veces me he arrepentido de haber tomado esa decisión. Tampoco les he hablado nunca –creo– de la desilusión que siento frecuentemente en mi nuevo trabajo subalterno en el área administrativa de una escuela primaria, cerca de la casa, que acepté solo porque me permitía pasar mucho tiempo junto a mi padre, ni la tristeza que otra veces se apoderaba de mí ante las miserias propias de su vejez, ante el hecho ineludible…
Hubo ciertos días, en aquel entonces, debo reconocer, en que sentía ganas de contarle estas cosas, y otras más, a Bruno. Finalmente nunca lo he hecho por un temor –exagerado, quizá– a propiciar una intimidad que realmente no deseaba; a cambio de ello me hubiese gustado que Bruno me dijera también ciertas cosas más acerca de él.
Bruno trabajaba entonces (ahora sé que se ha marchado a otro lugar) en un taller mecánico, como papá hizo en su día, tiene casi mi misma edad y una vez estuvo a punto de casarse. Me dice que nos conocimos de pequeños, cuando vivía mi familia entera en este barrio, pero yo no me acuerdo de él. Yo era una niña demasiado ensimismada y arisca, según puedo recordar, y no podía haber sentido ninguna curiosidad entonces por un niño como seguramente era él (pero, ¿a qué me refiero exactamente?).
Él se fue muy joven, por algunos años, del país. Venía de visita solo por semanas, a intervalos cada vez más prolongados. Pero siempre buscaba la oportunidad de verme, me dijo, aunque fuera de lejos y por un instante. Nunca me fijé. Ahora, con todo el tiempo que ha transcurrido, podía encontrar en él ciertas cosas, quizá no interesantes, pero al menos que conseguían intrigarme un poco. Era tan raro: por ejemplo, por qué le interesaba tanto saber de los incipientes trastornos mentales de mi padre, por qué leía siempre libros viejos de psiquiatría, sacados de quién sabe dónde; o, sencillamente, me preguntaba por el por qué de sus repentinos e inopinados silencios.
Como en aquella tarde, en la que había caído en uno de esos lapsos de estar callado, como pensando concentradamente en algo. Mientras tanto, la luz exterior, que entraba por la ventana y le iluminaba a medias las facciones poco agraciadas de su rostro, iba adquiriendo tonos crepusculares.
A mí se me ocurrió, de pronto, la idea de que algo había sucedido con su madre, enferma crónica de pequeños males sin cuento. Eso, debido a que Bruno nos había contado, algunos días antes y en tono preocupado, que ella estaba pasando todo el tiempo en cama debido a no se sabía bien qué precisamente. Pero entonces Bruno me mira y me dice si podemos salir a dar una vuelta. A mí no me gusta salir por el barrio a caminar; y cuántas veces se lo había dicho, no tanto como una excusa, sino porque era verdad. Salgo muy poco de casa. Pero en aquel momento me dije que podía ser algo importante. Yo tenía ideas muy recurrentes acerca del tramo final al que todos llegan en algún momento. Quería saber, de pronto, sobre aquellos libros de medicina y hablar, también, sobre los trastornos de mi padre. No sé bien. Si su madre se ponía mal, posiblemente Bruno nos vendría a visitar con menos frecuencia; me figuraba que mi padre llegaría a estar preguntando por ellos dos constantemente y yo tendría que volverle a explicar, cada cierto tiempo, lo que había ocurrido.
Ya fuera, sin embargo, caí en la cuenta de que había estado imaginando cosas sin asidero. Papá había balbuceado algo, muy intrigado, cuando le anuncié que iba a salir un rato con Bruno; no le hice mucho caso, porque me hablaba desde el cuarto de baño, y yo me apresuré en salir de la casa, detrás de Bruno, que estaba un poco apurado, noté. Pero después Bruno comenzó a andar a paso lento y en lo que pensé entonces fue en que iría, de pronto, a cogerme de la mano.
Como aquella otra vez, quiero decir hace ya mucho tiempo: cuando hizo ese gesto, asir mi mano, mientras estábamos sentados los dos en el sofá de la sala, en un momento en que su madre y papá se distraían con una noticia del periódico; yo arranché mi mano de la suya con una presteza de irritación y el resto de aquella tarde estuve como muy enfurecida, y me mostré hasta algo díscola con su madre. En realidad, no fue que hubiese tomado mi mano, sino tan solo la rozó con sus dedos blanquecinos, y lo mío fuese más un rechazo a una idea que ya me rondaba la mente que a una sorpresiva insinuación. Pero sirvió para que no volviera a intentar nada parecido; tragó saliva por un buen rato y al despedirse se mostró evasivo. Lo había aplastado con un solo gesto. El mismo con el que me humillaron a mí también, supongo; pero eso fue en otra época y otro lugar.
Cuando llegamos al parque, que era adonde me quería llevar Bruno, sin que se molestara en disfrazar sus intenciones, iba recordando un paseo parecido, cuando aquel hombre –el que retirara su mano de la mía–, con el que quise compartir la vida que había imaginado para mí, me condujo a un lugar frondoso, con banquitas de madera muy espaciadas y me habló por primera vez de su proyecto de vivir juntos, los dos. Era de noche, pero no hacía frío, pues era también verano. Nos habíamos encontrado después del trabajo, no muy lejos de donde queda aquel conglomerado de edificios que se llama, hasta ahora, centro financiero, donde los dos teníamos nuestros respectivos lugares de trabajo. Este otro parque del barrio no tiene nada de frondoso, en cambio, dos o tres arbolitos, el gras mal mantenido y sucio, las bancas son de cemento, sin respaldares siquiera, y algunas están rotas o tienen inscripciones obscenas. (Al menos ahora hay un parque, cuando era chica era solo un descampado.) La gente del barrio viene por las tardes y pasea por los senderitos o se sienta a esperar a que termine el día; desde la azotea de mi casa contemplo, a veces, a niños pequeños que juegan a la pelota o chicos más maduros que conversan a gritos.
Aquella vez, como cosa peculiar, había solo algunos ancianos; creo que transmitían un partido de fútbol por televisión y la mayoría de la gente, por eso, no había salido a la calle. Cuando nos sentamos me fijé en una pareja, los dos cogidos de la mano, en una banca frente a la que Bruno escogió para nosotros. Me pareció una ocurrencia bonita y me sentí agradecida. El ocasional silencio y el color final del atardecer, un anaranjado muy intenso, que todo lo invade momentáneamente en el verano, me cubrían como con un manto de suave esperanza. Nunca vengo a este parque, solo paso por un costado, camino a casa, o lo observo desde lejos, y no me gusta. Me puse a observar con atención a aquellos dos ancianos que esperaban –me parecía– confiadamente, juntos, y eso me hacía estar tranquila y segura.
De reojo observaba las manos de Bruno, sus hombros, su perfil quieto. Cuando sacó de su bolsillo un sobre, me hizo recordar que tiempo después de aquel incidente del sofá, cuando intentó tocarme, me escribió una carta que me dio náuseas de solo leer el encabezado. Mis más sentidas disculpas. No la terminé y la tiré al tacho de los desperdicios de la cocina. Por eso cuando escuché que decía algo de que “…por eso necesito dinero”, no entendí de qué me hablaba. En aquel sobre había algo escrito a máquina. De pronto volví a pensar en su madre. “Tu mamá…”, dije. “Ah, sí, pero ella está bien, gracias”. Sonrió a medias, al contestar. Dentro del sobre me pareció ver otro papel con la foto pegada de un niño. Me quedé sin saber qué decir. “Tengo que pagar una deuda”, se apuró en explicar de nuevo. Su voz era más bien plana. Había una cierta fluidez en su expresión; tan diferente, pensé, de los tartamudeos de nuestros primeros días. Sus manos estaban inmóviles, como a la expectativa. “Mi madre no debe saber”.
Cuando era una adolescente, recuerdo, un amigo que tenía entonces cogió, pensado que nadie lo observaba, un dinero que había en una mesilla de la sala. Yo fui la única que presencié aquello y la única –también– que cargué más tarde con el enojo de mi madre. También, muchos años después, en aquel otro lugar tan lejano, de bonitos y modernos edificios donde quise vivir para siempre, me sentí acorralada por la misma mirada de expectativa que me dirigió aquel amigo de infancia, cuando le reclamé el dinero. “Debes comprender”, fue algo así lo que me dijo, o lo que yo entendí. Se trataba la misma postura, me di cuenta, es decir, tanto la de Bruno como la de mi antiguo novio; y la expresión del rostro, la misma, creo. Los brazos apoyados en las rodillas, sí, los ojos de pronto vueltos hacia abajo, la cabeza gacha. Estirado y en silencio, Bruno, también, de un momento a otro, dirigió la mirada furtivamente hacia su reloj. Se estaba haciendo tarde. Ellos tienen sus aprietos y sus cosas, y una no debe interferir; a lo más, solo hacer lo que te piden.
Aceptar que no siempre van a poder cumplir aquello que alguna vez manifestaron deseos de hacer. ¿Quién dijo eso? Quizá fue mi madre, en alguna otra oportunidad. ¿O lo escuché yo misma en la radio? No estoy segura. La última luz del día ya estaba por desaparecer.

RobertoZeballos

Roberto Zeballos Rebaza

Lima, Perú, 1975. Obtuvo en 2007 el premio nacional Julio Ramón Ribeyro, otorgado por el Banco Central de Reserva del Perú, por su novela Tigre hircana. Colabora como traductor y comentarista en los medios virtuales Transtierros y Vallejo&Co. Actualmente vive en Arequipa (Perú).

Alejandro Zacchigna

EL RAMO CORTO

 

A la larga o a la corta toda historia debe tener un “cierre”, siempre es así y así sucede deseémoslo o no. La única vez que me enamoré fue cuando era joven. La conocí en los bailes de carnaval del Comunicaciones. Ella vivía en una casa grande y antigua de la calle Gutemberg, frente a las vías. El día del cumpleaños fui a verla. Salí temprano del trabajo y aproveché que estaba en la zona de Chacarita para comprar una docena de rosas rojas, sus preferidas. El florista me preguntó si quería un ramo corto o un ramo largo, le pedí el ramo corto para poder viajar más cómodo en el 63 que a esa hora solía venir repleto de gente. La fiesta fue sencilla, como era día de semana sopló las velitas temprano, los padres enseguida se fueron a dormir, y las amigas se fueron antes de que se hiciera demasiado tarde por miedo de perder el último colectivo. Nos quedamos solos y nos fuimos a dormir a su cuarto, como era costumbre.
Al poco tiempo vivimos la circunstancia de poder ser padres, pero éramos muy jóvenes y mis suegros aconsejaron.
El último día que la vi decidimos dejar de vernos, nos preguntamos “por qué” y no supimos contestar. Lloramos mucho, nos abrazamos fuerte, nos besamos mucho, y me fui.
Imaginé que en algún momento nos cruzaríamos por casualidad en algún lugar de la ciudad, que nos contaríamos sobre lo que fue de nuestras vidas, y que volveríamos a estar juntos. Esperé atento a verla. Observaba cada esquina, cada cuadra, cada auto, y nada. Cada tanto me tomaba el 63 y caminaba las quince cuadras hasta la calle Gutemberg, pero no me animaba a doblar la esquina y pasar por la casa. Un día, cuando ya tuve auto, me animé a costear las vías y estacionar frente a la puerta. En la vereda jugaban dos nenas con un triciclo. No me animé a bajar. Pasó el tiempo, volví y las ventanas y la puerta de la casa estaban tapiadas. Pregunté a los vecinos, nadie sabía nada. Seguí atento, esperando verla por casualidad y charlar sobre lo que había sido de nuestras vidas, pero pasaron décadas y no nos cruzamos. De todos modos yo mantenía la ilusión pequeña e íntima de verla por casualidad en cualquier momento. Esperé hasta que pensé: “Y si se murió”.
Fui al cementerio de la Chacarita, averigüé y me dieron anotado el número de manzana, sección y tumba en la que estaba enterrada. Compré una docena de rosas rojas, sus preferidas. El florista me preguntó si quería un ramo corto o un ramo largo, le pedí el ramo corto. Cuando le dejé las flores entendí. Entendí que existen los ramos cortos porque de otro modo no entran en los jarrones de esos lugares.


Alejandro Zacchigna
 

Alejandro Zacchigna

Es actor egresado de la Escuela Nacional de Arte Dramático “Cunill Cabanellas”. Ha publicado cuentos en diversas antologías y es autor de textos dramáticos que han sido estrenados en Argentina y en España. Fue colaborador de Editorial Santillana y ha ejercido la docencia teatral en ámbito estatal y privado.

Rodrigo Gardella

EL DUEÑO DE MI SUEÑO

 El niño nació cuando la madre estaba muerta, pero lo más sorprendente fue que el nacimiento se produjo dos años después del fallecimiento del padre. Esa criatura es un milagro, exclamaba mi abuela con el ramito de flores achicharradas por el calor en la mano, mientras esperaba a Doña Rosa para ir a visitar al milagro. Muy milagrosa, repetía Doña Rosa, y las dos se alejaban a paso de tortuga, sosteniéndose mutuamente para no caerse. Yo no dije nada. Será por lo que pasó con mamá que la abuela se impresiona con estas cosas, pensaba. No quería indagar y menos que me pidieran que las acompañara. Las despedí desde la puerta de la calle y me quedé allí hasta que las vi doblar la esquina. Luego corrí a encerrarme en mi habitación, saqué la revista que tenía bien escondida en el cajón de los pulóveres y comencé a observar las fotos que ya había contemplado cientos de veces con la misma voracidad de la primera vez. Me las conocía de memoria, pero no dejaban de impresionarme. Me imaginaba estrujado por esos brazos musculosos y acurrucado entre los pectorales como montañas. Entre la segunda y la tercera página conseguía la erección y antes de llegar a la diez había acabado. Sin manchas ni dobleces, me decía Mauricio. Siempre me lo recordaba al prestarme las revistas. Agarré la revista con los dedos que aún conservaba limpios y la dejé sobre la cama con mucho cuidado. Después me limpié con una toalla. Seguí ojeando la revista un rato más, pero ya no era lo mismo. Las imágenes no me excitaban. Además, los señores de las últimas páginas no me parecían tan atractivos. La volví a guardar en el fondo del cajón, sin arrugar ni doblar. Por último, humedecí la toalla para que no le quedaran pegotes delatores.
Recuerdo perfectamente esa tarde porque fue el comienzo del fin de mi amistad con Mauricio. Si la abuela no hubiese tardado tanto, tal vez otra hubiera sido la historia. La abuela no solía demorarse cuando salía, pero ese día, a las nueve de la noche todavía no había regresado a casa. Fue la primera vez que sentí miedo de quedarme solo. En ese momento me di cuenta de lo mucho que dependía de ella. No sabía cocinar ni tenía idea de cómo usar el lavarropas. ¡Quién iba a cuidarme si la abuela no volvía! Fue un terror repentino. Papá era visitador médico y durante la semana siempre estaba de viaje. Solo los sábados y domingos los pasaba con nosotros. Mamá nos había abandonado cuando yo tenía tres años. La pobre estaba mal de la cabeza, decía la abuela cada vez que salía el tema. Papá ni siquiera la nombraba. Tampoco se podía confiar en los vecinos desde aquel problema con la medianera. Sin la abuela, seguramente tendría que vivir con papá y acompañarlo en sus viajes. Ya no podría asistir a la escuela ni visitar a Mauricio o, lo que era mucho peor, me dejaría internado en el convento de las monjitas. Me desesperé. Por suerte la abuela no tardó en regresar. Estaba blanca como un papel. Sin explicar los motivos de la tardanza se puso a preparar la cena. Poco a poco todo volvió a la normalidad. Sin embargo, esa noche me fui a la cama angustiado. El problema no había desaparecido. La abuela estaba vieja y por más que quisiera no viviría para siempre. Antes de dormirme decidí que al día siguiente hablaría con Mauricio.
Puedo decir que conocía a Mauricio de toda la vida. Cada vez que regresaba de la escuela pasaba por su kiosco. No era el único. El kiosco de Mauricio se llenaba de chicos al mediodía. Mauricio tenía paciencia para hablar con nosotros y, lo mejor, nos convidaba con chicles y caramelos. Pero nuestra verdadera amistad comenzó cuando la abuela me pidió que le comprara la Radiolandia. Todas las semanas me daba plata para la revista y, a cambio, podía quedarme con los vueltos. Era nuestro trato. Iba al kiosco durante la siesta, que era el momento más aburrido del día. A esa hora casi no había clientes y Mauricio siempre estaba de buen humor. Al principio tardaba bastante en decidir lo que quería comprar con el dinero de la abuela. Había tantas golosinas…, y yo las quería todas. Entonces Mauricio se ponía a explicarme la diferencia entre las distintas marcas y los sabores como si fuera un maestro. Conocía de memoria cada uno de los productos que vendía. Con el tiempo dejé de interesarme en los dulces y me quedaba en el kiosco haciéndole compañía. Mauricio tenía esposa y dos hijos, más grandes que yo, pero ellos nunca aparecían por allí. Me gustaba verlo atender a la gente y a veces hasta me dejaba ayudarlo, aunque también debo reconocer que me molestaban los clientes muy habladores, en especial los niños que hacían tantas preguntas. Mauricio debía tener la misma edad de papá, pero era mucho más fuerte y alto. Estaba seguro de que si los dos se enfrentaban en una pelea Mauricio ganaría. Lo sabía por sus camisas ajustadas, arremangadas en los brazos y abiertas en el pecho. En cambio papá se escondía debajo de sacos amplios y corbatas anticuadas. Al lado de Mauricio me sentía protegido y odiaba la hora de regresar a casa.
Una tarde le pregunté por qué algunas revistas venían envueltas en bolsas negras. Son para adultos, respondió. Soy adulto, le dije. Tenía doce años. Pero él insistió en que eran para otro tipo de adultos. No me di por vencido y los días siguientes volví a hacerle la misma pregunta, una y otra vez, hasta que, luego de comprobar que no había nadie en el pasillo que comunicaba con la casa y de poner el cartelito de «ya vuelvo» en la puerta del negocio, desenfundó dos revistas. ¿Cuál te gusta más? Jugué un breve ping-pong visual y elegí sin pudor, apurado por miedo a que se arrepintiera, la de hombres desnudos. ¡Mirá vos, el mocoso!, dijo con una sonrisa y me entregó la revista. Llevátela para mirarla tranquilo y después me la devolvés, pero ojo, sin manchas ni dobleces, que tengo que venderla. Su mano palmeaba mi hombro mientras me acompañaba hasta la puerta. Esto es un secreto entre vos y yo. Nadie más tiene que enterarse, ¿me entendés?, deslizó la advertencia con una seriedad aguada por el guiño cómplice. Asentí con la cabeza, las manos ardiendo, el corazón bombeando adrenalina. Antes de marcharme guardé la revista en la campera. Desde ese día mis visitas al kiosco se hicieron más frecuentes. Ya no necesitaba una excusa y cada semana me llevaba una revista nueva.
Por eso, cuando esa tarde le conté a Mauricio mis temores y le hice la propuesta que había estado pensado durante toda la noche no esperaba más que su aprobación. Jamás me hubiese imaginado una reacción así. Mauricio escupió su respuesta como un puñal. Escuchame pibe, va a ser mejor que no vuelvas por un tiempo. Y ahora rajate de acá antes de que se arme quilombo. Ni siquiera me dio tiempo para contestar, porque me echó a empujones del kiosco, como si fuera un desconocido. Regresé a casa avergonzado, con una única palabra repicando en la cabeza: pibe, pibe, pibe. Yo no era un pibe más. Teníamos un secreto, nuestro secreto. Lloré durante horas con la cara hundida en la almohada para que la abuela no escuchara. Primero lloré por desilusión, luego fue impotencia y al final solo eran lágrimas de rabia. Esa noche tuve fiebre y el resto de la semana falté a la escuela. El sábado siguiente, la abuela acababa de servir la cena cuando le mostré la revista a papá y le dije quién me la había dado. Sabía que estaba haciendo algo malo pero no me importó. Nada me importaba en ese momento. Papá miró la revista con desconcierto y me dio vuelta la cara de un sopapo. A pesar del dolor permanecí inmóvil. A ese hijo de puta lo mato, gritó hecho una furia y salió de casa dando un portazo. Me quedé masticando mi arrepentimiento en la penumbra del comedor, mientras la abuela, desolada por lo que acababa de presenciar, rezaba un Ave María en la cocina.
Papá regresó media hora después y me encerró en su habitación. Todavía estaba enfadado. Pensé que me pegaría de nuevo. Lo examiné de reojo, buscando los rastros de esa pelea tantas veces imaginada. En lugar de golpes hubo varias preguntas, muchas de ellas repetidas como si no me creyera o mis respuestas no lo conformaran. A todo dije que no. Ni un moretón, nada que me indicara cómo había sido el enfrentamiento. La imagen de Mauricio vencido no hacía más que acrecentar mi frustración. En mi ingenua representación de la vida solo había lugar para un héroe. Papá se fue tranquilizando a lo largo del interrogatorio pero sin perder el tono severo. Me prohibió volver al kiosco. Fue terminante. Ni siquiera podía poner un pie en la misma vereda y pobre de mí si me sorprendía de nuevo con mariconadas. Esa fue la única y la última vez que hablamos del tema.
Por mis compañeros de escuela supe que la esposa y los hijos se habían hecho cargo del kiosco cuando Mauricio desapareció. Nadie tuvo noticias ciertas de su paradero ni tampoco se conocieron las razones de su precipitada partida, pero fueron varios los rumores que circularon en el barrio. El más firme aseguraba que se había escapado con otra mujer.
Durante mucho tiempo lo esperé. Como una Mary Jane cualquiera soñaba que aparecía durante la noche para rescatarme. Incluso dejaba la ventana entreabierta y muchas veces me acostaba vestido para facilitar la fuga, pero Mauricio, el de las camisas ajustadas y las caricias suaves, nunca regresó por mí.
Y a pesar de los años, el deseo de volver a verlo persiste con la misma intensidad de entonces. Sólo su imagen se desdibujó en el recuerdo.
Mientras me deleito viendo jugar a mi hijo con los otros niños en el arenero de la plaza, portando sus rodillas rasposas, jugosas y la nariz llena de mocos, me juro a mí mismo, por lo más sagrado que tengo, que no voy a cometer el mismo error.

Este relato forma parte del libro Historias sobre una duda constante (EdítaloContigo, Madrid, 2014) – ISBN 9788494222146
http://historiassobreunadudaconstante.blogspot.de/

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Rodrigo Gardella
(1973, Buenos Aires). Se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Desde 2004 vive y trabaja en Alemania. Fue uno de los miembros fundadores de “Dámaso y los demás”, grupo de trabajo que funcionó entre 2009-2013 con el objetivo de estimular la interacción y creación literaria en español. Ha participado en numerosas lecturas, entre otras en la Feria del libro de Frankfurt 2010 y en varias ediciones de la Semana Latinoamericana (Universidad de Frankfurt – Campus Westend). Libros publicados: “No te va a doler / Es tut gar nicht weh” (2011, Stuttgart), antología bilingüe de relatos (español-alemán), e  “Historias sobre una duda constante” (2014, Madrid), también de relatos.

Carolina Meneses Columbié

SOLSTICIO

Antes de levantarse de la cama Tomás observa el cielo encapotado a través del ventanal de la habitación. Hace un momento lo despertó la voz profunda y grave del locutor de la radio reloj. El día más corto y la noche más larga, dijo varias veces. ¿Será por la voz del locutor que la frase lo impresionó tanto? El solsticio de invierno le parece ahora tan misterioso que se pregunta si este día no será algo más que el inicio de la estación que odia: interminable, oscura, lluviosa, la que obliga a vestir ropas que pesan.
Cuando sale a la calle saca del bolsillo del abrigo las llaves del automóvil, las coloca sobre la palma de la mano y las vuelve a guardar en el bolsillo, hoy caminará hasta la oficina. A paso rápido no tardará más de cuarenta minutos. El tejido que hacen las ramas desnudas de los árboles, que siempre encontró tan feas en esta época, más que desagradarle lo sobrecoge.
Los goterones comienzan a caer cuando está a pocos metros de la puerta del edificio donde trabaja. Levanta la cabeza y los recibe en plena cara, el agua está helada.
Durante el almuerzo le dice a los colegas con los que siempre comparte la mesa que hoy será el día más corto y la noche más larga del año.
—¿Y? —pregunta uno.
—La llegada del solsticio de invierno.
—Ah —dice otro, sin entusiasmo.
La lluvia golpea con fuerza los cristales del comedor.
A las tres en punto el empleado del aseo, don Augusto, enciende las luces de la oficina. No para de llover.
—Ahí tienes tu día más corto y tu noche más larga, qué mierda —le dice a Tomás uno de los colegas del almuerzo.
El empleado del aseo le dirige una mirada hosca que el colega intercepta.
—¿Algún problema, don Augusto? ¿A usted también le emociona el solsticio de invierno? —y con un gesto de cabeza señala burlón hacia el escritorio de Tomás.
Don Augusto le da la espalda y sale de la oficina. El colega se ríe por lo bajo.
Tomás se ha quedado mirando la puerta de salida, ¿desde cuándo el empleado del aseo trabaja aquí?, ¿un año tal vez? Está seguro de que cuando él llegó don Augusto ya estaba. Hasta hoy Tomás no se había fijado tanto en él, ¿será porque don Augusto sólo habla para responder?
Casi una hora más tarde don Augusto vuelve con un balón de gas para la estufa.
—¿Quién pidió el balón? —le pregunta alguien—, todavía tenemos gas.
—¿No ve que la llama está amarilla? —responde don Augusto y señala con el índice el panel de la estufa.
—Qué eficiente está hoy usted, debe de ser por el solsticio de Tomás.
Don Augusto, que carga el balón con la mano derecha, camina hacia la esquina más próxima al escritorio de Tomás. Se inclina para acomodarlo en el piso y cuando se incorpora lo mira de reojo. Tomás se siente pillado pues lo ha estado observando desde que éste entró con el balón, así que toma el lápiz y escribe en la hoja de papel lo primero que le viene a la cabeza: “La hoguera no debe de estar tan lejos si el reflejo amarillo de las llamas alcanza a iluminar los árboles más próximos a ellos. Sombras de siluetas ajenas se dibujan en los árboles: el hombre y el niño han sido descubiertos. El hombre se larga a correr.” Deja el lápiz y hace como que lee lo que acaba de escribir mientras con el rabillo del ojo sigue los movimientos pausados de don Augusto que está colocando en la estufa el nuevo balón de gas.
Al salir, don Augusto se detiene un momento en la puerta, gira sobre sí mismo y enfrenta a Tomás, que esta vez no disimula. El enorme reloj digital de pared, capricho del gerente de la empresa, con un pitido agudo anuncia que ya son las cuatro, don Augusto tiene que ir por el café. Tomás lee lo que escribió en la hoja, seguro que vio la escena en alguna de las películas con las que se queda dormido. Hace una pelota con el papel, lo lanza al basurero y lo emboca.
Por la noche Tomás escucha desde la cama el repique de la lluvia sobre el techo. El ventanal empañado agranda y deforma la luz del farol de la calle que parece moverse como una gran hoguera cuando las gotas de agua se deslizan por el cristal. Tomás prende el televisor. Repiten tantas veces las mismas películas que tal vez se tope con la de la escena que describió en la hoja. Recorre en orden ascendente los canales que tiene programados en el control del televisor y una vez que llega al final de la numeración aprieta la tecla de retroceso. No encuentra la película. Apaga el televisor y trata de dormir.

—Mamá dijo que tuviéramos cuidado.
—No es una hoguera tan grande, Tomás, además ¿no ves que las llamas están amarillas? Las llamas amarillas no prenden en la ropa. Toma mi mano, no te sueltes y cuando diga “¡ahora!” saltamos.
—Sí, Augusto, pero mamá dijo.
—Tu mamá sabe que estás seguro conmigo, ¿tú crees que si desconfiara te hubiera dejado venir? Míralos, todos saltan y a nadie le pasa nada. Y si con el frío que hace seguimos sin movernos nos enfermaremos.
El niño lo mira curioso, no cree que lo haya oído decir tantas palabras desde que lo conoce, se toman de las manos y esperan el turno para saltar.
Son varios los que formados en pareja se van sumando a la fila. A Tomás le llama la atención que las parejas estén compuestas por un adulto y por un niño, los más viejos parecen octogenarios y entre los más chicos hay uno como de siete.
Un viejo toca el tambor: al quinto golpe saltan un adulto con su niño, y vuelven a la fila a esperar el próximo turno.
—Tomás, ya nos toca, recuerda que al quinto golpe gritaré “ahora”.
Al niño se le acelera la respiración y aguza el oído para escuchar la señal de Augusto que llega amortiguada por el crepitar de las llamas y el sonido de la percusión. Es como si volara a través de las llamas, el calor lo envuelve sin quemarlo, el sonido del tambor se le une a los latidos del corazón y los siente como un gran puño que le golpeara el pecho de adentro hacia afuera.
Quiere repetir y apura a Augusto, al que no ha soltado, hasta la fila, espera el turno y ya no necesita la señal de él para saltar.
Una y otra vez, salto tras salto, hasta que el tambor cambia el ritmo y las parejas se detienen.
—¿No hay más? —pregunta Tomás, agitado y ansioso.
—Sí, hay más, pero no de esto. Ya entramos en calor y es una noche larga, la más larga del año.
El niño abre los ojos todo lo que puede.
—¿La más larga del año?
—Claro, ¿no te diste cuenta de lo corto que fue el día?
—El día más corto y la noche más larga —concluye Tomás sin salir del asombro, y aprieta la mano de Augusto—. Quiero más.
El viejo del tambor lo toca ahora de manera suave. Otro viejo que carga un cofre grande de madera llega y se sienta junto a él. Las parejas rearman la fila frente a los viejos.
Desde su lugar, el último de la fila, Tomás no puede ver qué ocurre adelante, sólo escucha cada tanto el grito y después el lloriquear de un niño distinto al que logra mirar cuando se aleja de la fila, chillando aún, en brazos de su adulto. Al niño que tiene adelante, más grande que él, se le estremece el cuerpo con cada nuevo grito, un poco más allá otro llora en silencio mientras abraza al que parece ser el padre. El niño más pequeño que vio Tomás sale de la fila corriendo y llamando a la madre, el adulto va tras él.
—Tengo miedo —le dice a Augusto—, ¿qué les hacen?
—Los cortan un poco, allí —señala con el mentón hacia la entrepierna de Tomás—, aunque es rápido te dolerá un poquito, pero después serás un hombre como nosotros.
—No me gusta, quiero irme —ruega con la voz quebrada.
—Tú dijiste que querías más.
—Pero no de esto.
—¿Y qué quieres?
El niño que está adelante se tira al piso y se pone a gritar.
Tomás se acerca más a Augusto, que lo abraza y le dice al oído:
—Tomás, escúchame, nos iremos de aquí muy despacito para que no se den cuenta. Volveremos el próximo año, estarás más crecido y no te me asustarás tanto —y a Tomás le parece que Augusto alarga cada palabra de manera que puede sentir en la oreja la humedad pegajosa y tibia de sus labios—. Vamos a entrar al bosque, buscaremos algún lugar tranquilo en el que nadie nos encuentre. Yo no permitiré que otros te toquen.
Y Tomás siente que ahora la humedad tibia de los labios de Augusto se le pegó en el lóbulo y que de allí sigue hasta el cuello donde se detiene y desaparece. Lo que está ocurriendo adelante de la fila le ha dejado de preocupar.
—Vamos, Tomás.
El tejido de las ramas desnudas de los árboles del bosque resalta bajo el cielo iluminado por la luna. No se han alejado tanto si el reflejo de las llamas de la hoguera alcanza a iluminar los árboles más próximos a ellos. —Rápido —pide Augusto con la respiración entrecortada— más rápido. Si alguno de los de la fila descubre que ya no estamos.

El ruido explosivo de un trueno le hace entreabrir los ojos, gira bruscamente sobre sí mismo y trata de volver al sueño, pero le sorprende la misma voz de la radio que ahora anuncia el reporte del tiempo, cielo nublado y chubascos parciales a partir del mediodía, dice, y la voz ya no le parece a Tomás ni tan profunda ni tan grave.
Se tira de la cama y se prepara con rapidez, cuando ya está listo agarra las llaves del auto, le urge llegar a la oficina al menos media hora antes que los demás colegas. Está seguro de que don Augusto lo espera.

 

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CAROLINA MENESES COLUMBIÉ
Bibliotecaria, escritora, mediadora de lectura y narradora oral.

En 2008 publicó su primer libro, Ficciones Irrelevantesactualmente en revisión.
Algunos de sus cuentos aparecen en los libros Mujeres que alzan la vozEscritores – Antología 2006La monstrua: narraciones de lo innombrabley en algunos portales web, como “Letralia. Tierra de Letras”. Desde 2006 coordina un taller literario virtual. También hace correcciones de estilo.
En 2006 obtuvo una Mención en el “Concurso Interamericano de Cuentos” de la Fundación AVON, Buenos Aires, con “El negro del bongó”. Su cuento “La Estrella” quedó finalista del “Premio La Monstrua”, de editorial Vavelia, en Guadalajara.

Julio García Ventureyra

LA VIDENTE

Cuando la acaudalada señora Teresa Peralta viuda de Lafuente fue hallada muerta en su mansión, los dos investigadores seleccionados para el caso no lograron encontrar pistas. Sólo sabían que había sido cuidadosamente estrangulada. Entonces decidieron esa misma tarde recurrir a Rita, la vidente que se especializaba en los casos más difíciles.
Exprofeso, Rita les dijo que necesitaba algo de tiempo, no mucho, para estudiar y dilucidar el hecho. Cuando se quedó sola, reconstruyendo en forma minuciosa y prolija los acontecimientos en base a los datos que le fueron suministrados, vio con asombro que el criminal era un conocido personaje que aparecía con frecuencia en periódicos, revistas y programas de televisión, y que era un alto funcionario.
El crimen cometido obedecía a dos motivaciones, una pasional, pues ambos mantenían un romance desde tiempo atrás, padeciendo él celos enfermizos, no aceptando la vida liberal que ella, mujer atractiva de mediana edad, como él, seguía llevando.
La otra respondía al robo. La ambición de dinero y poder, la mayoría de las veces, se manifiesta en el ser humano sin límites ni freno alguno. Pero Rita, experta en la visualización de los senderos del destino, vio también otro camino, y que no era aquel que la llevaba a poner en peligro su propia vida por las circunstancias del caso, sino, a su propia muerte, que era precisamente lo que en estos momentos ella comenzaba a “ver”, un revólver que le apuntaba a la sien.
El áspero sonido del timbre la hizo reaccionar, volviendo a la realidad y, mirando el reloj mientras se encaminaba a la puerta, la abrió. Allí estaban de pie los investigadores que habían quedado en venir a esa hora. Una vez que los hizo pasar, les explicó que había estudiado lo sucedido sin hallarle solución, declarándose inepta para el mismo, pero antes de que se retiraran, pensó ¿y la justicia? Y como un cierto remedio expurgador de su conciencia extrajo de su biblioteca un libro titulado:
Los peligros del poder, cuyo autor no era conocido, y en el mismo les señaló la página que decía:
“Casi todos los seres humanos -muchos animales también- con pleno desarrollo de su personalidad tienen aspiraciones al poder; el equilibrio de las personas que lo ejercen, y el uso del mismo pueden hacer que dentro suyo se alberguen  Dios o Satanás, el Bien o el Mal”.
Los hombres siguieron su camino analizando las palabras. En su recorrida continuaron visitando a otros videntes, pero todos… absolutamente todos… se declararon incompetentes.

 

Primer Premio Cuento Certamen Escritores Bonaerenses. Dirección de Cultura, Argentina. Publicado en Ideas Imágenes Diario La Nueva, domingo 13 de Abril de 2014, Argentina.

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Julio García Ventureyra. Nació  en Argentina, donde reside en la actualidad en la ciudad de Bahía Blanca. Es autor de cuentos (publicados en revistas y suplementos literarios), novelas y guiones cinematográficos, primero para cortometrajes: “El nutriero”, basado en un cuento y que obtuvo una mención en un Festival Internacional de Cortos en Torrelavega (Santander),  España, y posteriormente para largometrajes, donde, como en los anteriores, participó como guionista y como director de cine: “Desafío al coraje”, largometraje en color de temática policiaca, que se filmó hace años en las cercanías de Bahía Blanca, y que se exhibió en cine y TV, ya que el Canal Volver de Buenos Aires tiene los derechos de explotación del filme, que se emite cada tres o cuatro meses, así como en el video-club del Consulado Argentino en Barcelona. OBRAS PUBLICADAS:Cuentos con final feliz (Madrid 2005) Ediciones Scherezade
La nieve y el fango (novela)  (Madrid 2007)  Ediciones Scherezade
La Misionera de los Desamparados (Novela sobre Naty Petrosino) Editorial Casa Eolo (España 2012).